9 de mayo de 2009

Todas las despedidas la despedida


"And in the end, the love you take
is equal to the love you make." (1)


Todavía vuelve a mi memoria aquella lejana clase de griego, cuando uno de los mejores profesores que he tenido, mi entrañable amigo Oscar Conde, detuvo un momento las declinaciones y habló sobre la importancia de los saludos, de qué manera las despedidas ilustraban una visión genuina de la realidad, porque los griegos saludaban diciendo xaire (¡alégrate!), mientras que los romanos, en cambio, saturados de guerras y enemigos acechando en cada frontera, decían salve (¡que estés a salvo!). La revelación me hizo volver la mirada a las lenguas modernas, darme cuenta de que todos los pueblos tienen una manera de despedirse, y esa manera debe reflejar una concepción del mundo y de la existencia. Los ingleses dicen thank you ya no para agradecer, sino para saludar al despedirse. No piensan que están agradeciendo, pero lo hacen con una fórmula de agradecimiento que ha quedado anclada en la conciencia de esa sociedad. Pienso también en el clásico "hasta luego" español, que delata la certeza de que inevitablemente habrá un "luego", y lo comparo entonces con la antítesis argentina, ese "cuidate" (acentuado en la a, claro) que es reflejo de una sociedad cada día más insegura. Y no dejo de sorprenderme...

Podríamos multiplicar los ejemplos, pero no es mi intención; esto ha sido apenas una excusa para introducir mi propia despedida del blog y de todos vosotros. Las responsabilidades llegan a veces con mayor elocuencia o mayor urgencia, y nos exigen tiempo y dedicación absolutas. Me gustaría coordinar todas las actividades, pero sé que no podré. Durante un año he dedicado muchas horas al blog, a escribir, a producir, a pensar, a leeros siempre, pero ya no puedo continuar ese ritmo. No podré mantener la regularidad de las publicaciones ni la lectura de vuestros trabajos; no podré cumplir con la atención que vuestro talento exige y merece, por eso he optado por dar un paso al costado, porque no quisiera faltaros el respeto estando sin estar. Algo debo sacrificar si quiero que el resto funcione lo mejor posible, y esta vez he decidido sacrificar, aunque me duela, el mundo del blog.

Lamentablemente, ha quedado mucho por decir, pero no se olvidará. En el trastero quedarán bien guardados todos los esbozos de futuras entradas, apuntes, ideas, imágenes, lecturas... nada borraré. Todo quedará allí a la espera de que el tiempo me dé otra vez una nueva oportunidad de acercarme humildemente a vosotros. Ahora sólo me resta despedirme y no sé cómo, porque nunca se me han dado bien las despedidas. Supongo que optaré por el modo inglés, agradeciendo, porque tengo motivos para sentir esta profunda gratitud.

Así, pues, gracias a ti...

Adriana, por la búsqueda incansable de la poesía pura, por tus aportes literarios.

Bruja, por tus coloridas y juguetonas creaciones, por tu lucidez y por tu temible intuición; por tu bondad.

Bolero, por compartir tu espontaneidad, tus alegrías y amarguras, con la belleza de tu dialecto.

Fer, por enseñarme que no hay límites para las ficciones, por tu desbordante imaginación, por tu prosa modélica, por tus kafkianas.

Fire, por la amplitud de tus temas, por tu insuperable estética, por tu luminosa humanidad.

Germanico, por tu inagotable actividad creadora.

Hache, por haber descubierto tu propio talento como narradora; por haber compartido también tu talento como fotógrafa.

Javier, por la poética frescura de tus enredos.

Lilith, por haberme dado a conocer la grandeza de tu estilo, por el ejemplar de Hedonia que algún día me dedicarás.

Miss, por haberme puesto frente a mis miedos con tus primeros escritos; por haber encontrado la manera de simbolizar los tuyos con un estilo propio.

Mixha, por el carácter sinfónico de tus escritos.

Moderato, por la fecundidad de tu imaginación, que sabe adaptarse a los gustos de todos tus lectores.

Mónica, por la maestría de tu técnica prosística.

Peregrino, por la pulcritud de tus letras, la vastedad y riqueza de tu lenguaje; por darme a conocer el vos colombiano.

Pier, por tus vivaces pinceladas de sentimiento.

Sine, por tu inigualable manera de jugar con las palabras.

Tristancio, por la contención infalible de tu prosa, por tu impresionismo.

Vanidoso, por enseñarme que no hay oscuridad que no pueda transmutarse en arte. Y por Claudia.

Xavier, por la elegancia de tu español, por elevar nuestro hermoso idioma hasta esas, tus altas cimas.

Yurena, por la poesía de tus descripciones, por la facilidad con que sabes bucear dentro de ti misma, por tu elegancia y precisión.

A ti, Epithumía, por insinuar una belleza que algún día seguiré revelando.

A usted, Quelonio, por la risa y por el llanto, porque nos alejaremos igual que los gauchos de Güiraldes: sin mirar atrás, pero desangrándonos.

Y gracias a todos, porque puedo irme con la satisfactoria sensación de que cada uno me ha enseñado algo, que de todos juntos he aprendido tanto...







(1) "Y al final, el amor que recoges es igual al amor que construyes": última letra de la última canción del último álbum de The Beatles.

3 de mayo de 2009

Epithumía o sobre la cosmética. Parte II (el comienzo)

Este Gonzalito (1), qué cosas tiene..., pero si es que lo conozco desde que Leticia le daba la teta, no me ha sorprendido. Llegó con el discurso preparado, seguro de que todos los flancos estaban cubiertos, y al menos no demoró demasiado en prolegómenos: quería mi apartamento para traer a su chica dos veces por semana. Y luego la condición: "si no, le cuento a mi madre que su mejor amiga se tiró a su hijo. No creo que le guste, ¿no?", dijo, con una sonrisa victoriosa.
Entonces llegó mi parte: "Gonzalito, mi amor, anda, siéntate aquí, que tengo que contarte algo. Escucha bien: I-drink-your-milkshake... No lo entiendes, ya..., es de una película. Quiero decir que te veo venir de lejos, mocosín, y cuando tú llegaste, yo ya he ido y he vuelto diez veces..., digamos que son esas ventajas que dan los años. Por eso, cielo, me he cuidado muy bien de grabar ese día en mi videocámara, porque te intuía, y porque además me gusta hacerlo, qué tanto. Te tengo bien guardadito en un archivo que dice "Gonzalus Virgo". Está todo todito, ¿qué te parece? ¿Te gustaría que mañana mismo todas tus compañeras de la facultad recibieran el video? ¿Qué supones que harían si te vieran allí, si escucharan cómo me suplicabas que te enseñara, cómo confesabas que yo era tu oportunidad de perder la virginidad, ¡con 19 años!, cómo te movías como un zángano inexperto, tembloroso, desprolijo? ¿Y si además se enteran de que no te corriste? No creo que les guste, ¿no? Digo... que todavía te quedan unos cuantos años en la facultad..." Pobre Gonzalito, estaba pálido, tuve que servirle un vaso de agua. "Así que vamos a retomar nuestros negocios, porque ya que estás aquí, estoy segura de que estás dispuesto a negociar: yo te prestaré mi apartamento una vez por semana, una hora, el día y a la hora que yo decida. A cambio, quiero todas las semanas, por anticipado, un frasquito con semen tuyo. Sin preguntas, yo te doy el frasquito y tú me lo llenas. Si el señor no cumpliera su parte, no hay apartamento; y si al señor se le ocurre contraofertar o echarse atrás, mañana el video con las aventuras de Gonzalitus se proyectará como actividad extra-curricular en todo el campus. Y ahora que ya está todo entendido, venga, de pie y derecho a casita, que es la hora del Nesquik. Y me saludas a tu madre de mi parte."
Me dio un poco de lástima su mudez, pero bueno..., ¿qué vamos a hacerle? Dio media vuelta para irse y entonces lo llamé: "Oye, Gonzalito, y una última cosa: la próxima vez que me apuntes a la cabeza, confirma que tienes el arma cargada, porque esta te la he perdonado, pero la próxima te juro que te arranco los huevos..., pendejo." Sonriendo se lo dije, pero lo entendió porque le costó un poco tragar saliva.






(1) Hijo de Leticia, mejor amiga de Epithumía.

29 de abril de 2009

Sueño Nº 11

Toda la gente está dispersa en el patio interno de una casa grande. Los árboles y los parrales forman sombras extrañas sobre la multitud que espera. Hay un dinamismo agobiante, todos hablan, pero no sé de qué; todos esperan un desenlace inminente, pero no sé cuál. En medio del patio, hacia la izquierda, hay un recodo que lleva a otro lugar, probablemente otro patio, y desde allí se escuchan las primeras voces. Las escucho desde un zaguán, no puedo moverme de ese lugar, un poco por la gente, un poco porque siento que lo tengo prohibido. De pronto, veo que toda la gente fija la mirada hacia esa parte del patio que no puedo ver. Las miradas siguen un movimiento y la gente empieza a abrir un corredor. Sólo entonces veo aparecer al hombre entre la multitud, lleva una niña en brazos. Tiene que salir a la calle y pasará a mi lado atravesando el zaguán. Contemplo a la niña ni bien se acerca, los ojos muy abiertos, sucia y raquítica, el cuello a un lado como queriendo mirar al padre pero sin verlo, uno de sus brazos rodeando el cuello amado, la espalda recta y una blanca inmovilidad. El hombre pasa delante de mí y se aleja por el zaguán hacia la calle. A lo lejos, en algún lugar del patio, alguien se anima y da la noticia: acaban de desenterrar a la primera niña, pero hay más.



Imagen: Isabelle Créations

26 de abril de 2009

Ramón: con la mirada de un niño


Un periodista le pregunta a un niño, hablando de juguetes:
-¿Te gustan los soldaditos?
-Sí -responde el niño.
-¿Y los autitos?
-Sí.
-¿Pero qué es lo que más te gusta?
-La comida.

La anécdota ilustra esa facultad infantil que sabe capturar lo esencial de las cosas, desechando al mismo tiempo toda contingencia, todo estorbo a la razón, todo minúsculo obstáculo a la lucidez. Los mensajes llegan a ellos libres de escombros, de contaminación, de impureza, por eso sus respuestas pueden ser sorprendentes, porque nos revelan nada menos que nuestros excesos.

En España hubo un autor que supo rebelarse a la tiranía de los significados, y su obra más elocuente representa el mejor intento de llevar a las letras la mirada infantil. Ramón Gómez de la Serna -o simplemente "Ramón"- fue ese hombre que jugó con las palabras, que supo recuperar de ellas su máxima pureza, que demostró que la literatura también puede escribirse con grafías infantiles. "¿Cuál es la mujer más antigua? Antígona". "Monomaníaco: mono con manías". Descartes: el que descartó muchas ideas para quedarse sólo con las buenas." "La mano del mar no aprieta, pero ahoga." Así lo formula Ramón y su disposición es como la de aquel niño con el periodista. Las cosas, en primer, lugar, he ahí el arte de Ramón (1) y he ahí el encanto. Llamó "greguería" a su técnica y la definió como la conjunción entre metáfora y humorismo. Fue, sin embargo, mucho más: con la greguería Ramón comprende la realidad bajo el imperio de una sensibilidad primitiva, mágica. Es la sensibilidad de un hombre que, mirando como un niño, alcanzó las profundidades más poéticas y asombrosas de nuestra lengua.

"En el momento de no poder coordinar un ideal hay que lanzarse a lo incordine y se encuentra la belleza de las palabras, y la química de sus combinaciones..."
Ramón Gómez de la Serna





(1) Francisco Ynduráin (2001): "Sobre el arte de Ramón", en Historia y crítica de la literatura española, Barcelon, Crítica, VII pág. 220.

19 de abril de 2009

En busca de una contorsión

Diego: ¿No le parece que hay que tenerla como un caballo para lograrlo?
Quelonio: Si ocurriera eso, procuraría tener también cuatro patas de caballo, cabeza de caballo y cerebro de caballo. Hablemos de hombres normales.
D: Los hombres normales no piensan lo que está pensando usted.
Q: Lo piensan pero no lo dicen, se contorsionan escondidos y en silencio para que nadie los vea. Y fracasan en el intento, claro, porque carecen de técnica.
D: ¿Y cuál será su técnica?
Q: Yoga... Sí, no se ría, porque así es como hay que entrenar el cuerpo para lograr la contorsión perfecta y poder llegar. Además dicen que es bueno para la mente.
D: Fugit irreparabilis mens... (*)
Q: Gracias, pero de momento más me interesa la zona abdominal, crucial para la contorsión que busco. ¿No quiere intentarlo?
D: Muy amable, pero soy de los que van al gimnasio a transpirar.
Q: Pues en ese caso está condenado a seguir fracasando.
D: Sin intento no hay fracaso.
Q: Todos los hombres lo intentan, usted es hombre, luego usted lo intenta.
D: Se equivoca.
Q: Entonces déjeme formularlo en futuro: todos los hombres lo intentarán antes de morir, usted es hombre...
D: Déjese de silogismos, hágame el favor. ¿Y por qué sólo los hombres? ¿Qué hay de las mujeres? Nunca escuché que las mujeres buscaran contorsionarse con esos fines enfermizos.
Q: Porque no tienen las mismas salientes que nosotros. Es una cuestión de salientes, mi amigo. Si tuvieran una saliente allí abajo, como nosotros, la buscarían igual que la buscamos los hombres, pero no; las salientes de la mujeres están más cerca, y ¿qué mujer no ha buscado mamarse los pezones?
D: Pienso que en ese caso se debe respetar un tamaño mínimo para lograrlo.
Q: Sí, porque de lo contrario cualquier contorsión es ineficaz. Haría falta un cuello como el de la virgen de Parmigianino... Pero no es nuestro caso, nosotros podemos confiar en alcanzar la contorsión perfecta
D: Me parece bien que confíe. Luego me cuenta qué tal la experiencia.
Q: ¿Y usted qué?
D: De momento seguiré con abdominales, es que soy un poco masoquista.
Q: Veo que tiene una debilidad por la hipocresía.
D: Por cierto..., hay una hipótesis interesante circulando por ahí: dicen que fue el rastro de semen en la cara de Epithumía lo que atrajo su atención. Con esto que me cuenta ahora concluyo que bien pudo ser. Atracción por el semen, contorsión en busca de..., me parece que usted...
Q: (nervioso) Ji, ji, ji






(*) "La mente huye irreparable". Paráfrasis de la famosa frase de Virgilio: "fugit irreparabile tempus" (el tiempo huye irreparable). Geórgicas, III, 284.

14 de abril de 2009

Odiseo: divino y humano


"εἴμ᾽ Ὀδυσεὺς Λαερτιάδης, ὃς πᾶσι δόλοισιν
ἀνθρώποισι μέλω, καί μευ κλέος οὐρανὸν ἵκει." (1)
Ὀδύσσεια, IX, 19-20

Odiseo, el sufridor, el divino, el destructor de ciudades, diferente de todos los héroes por su astucia, por sus ardides y por una discreción sólo comparable a la de Zeus. En los poemas homéricos, Odiseo es el único que comprendió el valor de operar en el momento oportuno, en la justa ocasión (kairós). El destino retrasó diez años su regreso, pero es el mismo destino que no permitió que la cólera de Poseidón se interpusiera entre él y su patria. Las vicisitudes de esos diez años son conocidas: los Cícones, los Lotófagos, el cíclope Polifemo, Circe, los Lestrígones, el descenso al Hades, las sirenas, Escila y Caribdis. Para los griegos, el destino (moira) era un orden al que estaban supeditadas todas las decisiones, incluso las de los dioses. El de Odiseo era regresar a Itaca; Poseidón sólo debió conformarse con el consuelo de prolongar su llegada.

Y luego está el otro Odiseo, el hombre cuya melancolía exacerba un llanto perenne a orillas del mar, añorando su verde Itaca; el cobarde que simuló locura el día que Palamedes lo convocó para la guerra de Troya; el que no dudó en negar su nombre para salvar el pellejo frente a Polifemo (2). Es ese Odiseo que lamentó su destino, la distancia de su tierra, de Penélope y de su hijo Telémaco, pero que ocho de los diez años de su regreso los pasó junto a dos diosas, Calipso y Circe, de las cuales fue amante. Y luego del regreso, después de asesinar a los pretendientes de Penélope, Odiseo se dispuso a cumplir el mandato de Tiresias, según el cual debía caminar con un remo al hombro hasta llegar a un país en donde los hombres no reconocieran ese instrumento del mar. Odiseo lo hizo y llegó al país de los Tesprotos. La reina, Calídice, le ofreció su reino y Odiseo no la rechazó; se unió a ella en lecho amoroso, engendraron un hijo, Polipetes, se casaron y él se convirtió en rey del pueblo. Sólo tras la muerte de Calídice, Odiseo abandonó a los Tesprotos y regresó a Itaca.

Divino y humano, así fue Odiseo, un carácter contradictorio que se alejó de la heroicidad conocida, aquel cuya ambigüedad es todavía hoy el sello de su encanto. Su naturaleza inabarcable nos muestra a un ser que pudo demostrar valentía igual que cobardía, que sufrió diez años la ausencia de una familia y una tierra a las que acabó abandonando; un ser que deseó la fidelidad pero que se entregó sin lucha al amor de dos divinidades; un padre prodigioso, un rey alabado, un engendro de engaños y mentiras; alguien que ha podido ser todos pero que ha preferido llamarse Nadie.






(1) "Soy Odiseo Laertiada, famoso entre todas las gentes / por mis muchos ardides; mi gloria ha subido hasta el cielo." Odisea, IX, 19-20
(2) En Odisea IX 364-367, el cíclope Polifemo pregunta a Odiseo su nombre; éste contesta que tal nombre es Nadie (Outís).

Imagen: Ulises y las sirenas (1909) de Hebert James Draper (detalle)