"Tú crees, Diego, que este tiempo a tu lado es por nada, pero no, es por ser yo una parte de tu persona."
Quelonio (16.10.2008)
El primero -ya es costumbre- fue Aristóteles. Diógenes Laercio cuenta en su biografía que ante la pregunta de qué es un amigo, aquel respondió: "una sola alma en dos cuerpos" (mía psiché en dúo sómasin) (Vidas, V, 10). Más tarde el concepto se ramificaría en otras proposiciones, atravesaría edades, períodos, movimientos, y se transformaría en otro de los tantos tópicos en que se sostiene nuestra mitología. Quiero pensar que no fueron imitadores de Aristóteles, sino la misma intuición en boca de otros sabios. Entre los antiguos está en Cicerón cuando dice: "quien contempla a un verdadero amigo, contempla como un retrato de sí mismo" (Verum enim amicum qui intuetur, tamquam exemplar aliquod intuetur sui)(Laelius, 23). Y en aquella inolvidable sentencia de Plauto: "ego sum tu, tu es ego, unanimi sumus" (yo soy tú, tú eres yo, somos una sola alma) (Stichus, 5, 4, 49). Y también en San Agustín, que describió la gracia de una reunión con amigos, donde no hacían falta palabras porque los ojos lo decían todo, y porque "de muchos hacíamos uno solo" (Confesiones, 4, 8). De estos clásicos la intución pasó a otros, porque ya nunca faltarían sabios que supieran reconocer la esencia de la amistad. Y así es que podemos encontrarla con vestido barroco en las palabras de Gracián: "Tres somos y un solo corazón tenemos, que el que tiene amigos buenos y verdaderos, tantos entendimientos logra... Más entre todos, sólo un querer tenemos, que la amistad es un alma en muchos cuerpos." (El Criticón, III). Podemos ver cómo se rehace con otras metáforas, estilos y verbos en los más inesperados rincones de la realidad, tal como me mostró la inquebrantable memoria de Raúl Lavalle, cuando me dijo que la marca de tabaco para pipa Borkum Riff tenía este lema: "Verus amicus est tamquam alter idem" (El verdadero amigo es como otro él mismo), adaptación de la frase ciceroniana que también aparece en Lelio ("...est enim is qui tamquam alter idem", 80) O podemos dejar que atraviese nuevos mares, montañas y llanuras, y que un buen día caiga esa intuición en un viejo gaucho de la pampa, en otro hijo de aquel Adán que fue Aristóteles, ajeno quizá a latines y libros, pero sabio, inmensamente sabio como el primero, como todos los que alguna vez vislumbraron la respuesta esencial. Ese gaucho remoto llamado Justino Leiva cierta vez lo dijo, y don Atahualpa Yupanqui, "el que viene de lejos a contar historias", ese otro gaucho de corbata y ojos aindiados, amasó el recuerdo de su niñez y lo inmortalizó con las palabras de su estilo postergado y familiar. El recuerdo nos demuestra que esas grandes verdades, esas intuiciones nunca cambian. Lo que cambia es el sabio y el signo con que las manifiesta.



