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11 de septiembre de 2011

Sobre el terror

"No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre, ¡qué humillación incomparable, qué vértigo!"
Jorge Luis Borges, "Las ruinas circulares"

Alguna vez, hablando sobre The village (2004) , el director M. Night Shyamalan señaló que no debía entenderse como una película de terror, sino sobre el terror. La diferencia es crucial, y si muchos seguidores de Shyamalan se vieron en su día defraudados por el devenir de la acción, eso no ha sido en absoluto culpa del director, sino de una lectura equivocada de su intención poética, de una interpretación a través de un lente que no era el adecuado. Si empezamos a juzgar una película confundiendo el género, probablemente no sacaremos nunca conclusiones acertadas.    

The village es una película sobre el terror, un símbolo de la manipulación de la voluntad de una sociedad cuando esta es sometida a una clase de miedo implantado sistemáticamente. Hagamos creer a un grupo de personas del siglo XX que vive en un pequeño pueblo del siglo XIX. Ubiquemos el pueblo en medio de un bosque y digámosle a la gente que dentro del bosque existe un monstruo, una bestia asesina que acecha día y noche a su pueblo. Pongamos pruebas de la existencia del monstruo: animales muertos, simulacros de ataque al pueblo, ruidos, olores... En verdad no es mucho, pero lo suficiente como para que el engranaje del miedo empiece a funcionar. Luego llegarán las historias, el abuelo que le contó al padre y este que le cuenta a su hijo. Creada la tradición del miedo, el monstruo pasa a formar parte de la ceremonia cotidiana, pasa a ser un integrante que la sociedad necesita para mantener su identidad. Si el monstruo desaparece, desaparece la base mítica de una sociedad. Luego, hay que mantener vivo al monstruo.

Veamos ahora un pequeño fragmento de un documental italiano estrenado en 2008, sin perder de vista lo que acabamos de decir sobre The village:


En este punto es donde yo mismo empiezo a sentir el verdadero terror. Ya no se trata de creer la historia de una bestia que acecha la sociedad donde vivo, una historia que acaso me infunde un miedo cotidiano. Se trata de tomar conciencia de que también yo estoy formando parte de la historia, también yo soy un personaje más del guión sin mayor voluntad que la que me ha dado el autor. "Había una vez un monstruo y  muchos hombres y mujeres creían en él". Mi verdadero terror empieza cuando me descubro entre esos hombres y mujeres, cuando descubro que he sido inventado por alguien, que no he pensado por mí mismo. Incluso en este momento en que la lucidez parece asomarse, queda la duda. Me pregunto si es verdaderamente lucidez u otra estrategia retórica del que me está escribiendo.    

16 de julio de 2011

Cuestiones irresolutas de mi querido español


Los antiguos griegos diferenciaban tres tipos de saberes: el saber exclusivamente científico o episteme; el saber popular o doxa, vinculado a las creencias o a cualquier opinión no fundamentada científicamente; y el saber hacer o techné, relacionado con la habilidad o método de trabajo. Quitando el último, que se trata de un saber de tipo práctico, el saber científico y el popular no eran en la antigua Grecia terrenos que pudieran solaparse. Para tener competencia en el primero había que ser lo que hoy llamaríamos un ‘especialista’; para tenerlo en el segundo bastaba con ser un ciudadano más o menos informado y comprometido.


Esta referencia nos servirá para entender por qué en el ámbito hispánico, y en el peninsular en particular, los conceptos de lengua y de dialecto siguen generando tan acaloradas discusiones. Para algunos autores, esta discusión llegaría a resolverse si existiera la voluntad de aplicar un criterio estrictamente lingüístico al asunto. Si analizáramos esta problemática desde el punto de vista científico, digamos desde la episteme, la única persona con la competencia idónea para discutir sería, claro está, un lingüista, un filólogo, y si este lingüista aplicara criterios exclusivamente glotológicos en su examen, debería llegar a la conclusión de que en España tan lengua es el español como el gallego, el aragonés o el asturiano; y que tan dialecto del castellano es el andaluz como el valenciano del catalán. Si no se llega a estas conclusiones es porque los encargados de definir aquello que es lengua o dialecto no pertenecen al ámbito científico, sino simplemente social. Opinan como ciudadanos comprometidos e informados, no como lingüistas, y por lo tanto sus apreciaciones se corresponden con la doxa, el saber popular, no con la episteme.

Las posturas parecen irreconciliables. Si sólo nos dedicamos a analizar el problema desde un criterio lingüístico, estaríamos dejando de lado el factor social, imprescindible en el estudio de la lengua, pues no hay lengua sin una sociedad que la use. Pero, al mismo tiempo, el factor social, como el político, el cultural o cualquiera que no sea lingüístico, puede verse como ajeno al análisis lingüístico. Por más sistematicidad que tuvieran los estudios sociales, cualquier lingüista podría sospechar que en la caracterización de lo que es lengua y lo que no operan intereses subjetivos, puntos de vista sin criterio científico, luchas de poder, opiniones; en definitiva, saber extraño a la ciencia: doxa. Y si adoptamos un criterio ecléctico o mediador, considerando que los términos lengua y dialecto no son más que convenciones igualmente válidas cuyos significados dependen del tema que estemos tratando, acaso el problema, lejos de resolverse, se haría todavía más complejo. ¿Bajo qué criterio se daría estatus de lengua o de dialecto a una modalidad lingüística, siendo que ambos conceptos son convenciones y hasta podrían ser sinónimos? Obviamente, la convención sería una para los lingüistas, otra para los sociolingüistas, quizá otra diferente para los ciudadanos de a pie. El solo hecho de fijar una convención nos devolvería al punto de partida: ¿qué autoridad es lo suficientemente competente como para llevar a cabo esa labor? ¿Hay que dejársela a los que manejan el saber científico, la episteme, o sería igual de lícito incluir en el debate a los dueños de la doxa, es decir, a todos los miembros de una sociedad más allá de sus competencias lingüísticas, por la simple razón de ser usuarios de una modalidad de lengua?






Fuente: Diego Ribeira López, "Lenguas y dialectos de España. La eterna discusión". (Fragmento adaptado).  

9 de enero de 2011

El español de un ¿gaucho?

El Centro Virtual Cervantes tiene la loable intención, entre otras muchas, de difundir las hablas de los diferentes rincones hispánicos. Pero me pregunto si siempre logra su cometido o si, por el contrario, todo queda en una intención. Esto viene a propósito de un fragmento que el CVC ha incluido en su Catálogo de voces hispánicas como ejemplo del habla gauchesca. El hablante fue encontrado en San Antonio de Areco (provincia de Buenos Aires), ciudad que ha pasado a ser uno de los destinos turísticos bonaerenses más atractivos, punto de encuentro de toda la tradición criolla pampeana.

Es cierto que nuestro hablante tiene a simple vista toda la traza de un paisano de la pampa, pero no nos confunda el envoltorio: Juan José Güiraldes (1912-2003), sobrino de Ricardo Güiraldes (autor de Don Segundo Sombra), fue aviador, empresario, periodista, escritor y presidente de Aerolíneas Argentinas. Pero ¿fue un gaucho? No caben dudas de que era un apasionado de la pampa, y fue esa pasión la que lo llevó a fundar en 1980 la Confederación gaucha argentina, desde entonces gran promotora de la cultura gauchesca. Personalmente, preferiría no arriesgarme a decir qué tuvo de gaucho y qué no, porque no poseo la suficiente competencia para ese tipo de juicios. Lo que sí puedo decir es que, desde el punto de vista lingüístico, y despojado de la parafernalia gauchesca, Don Güiraldes pasaría sin sospechas por un hablante culto de ciudad. Por eso hay que ser prudente al analizar el fragmento, porque no estamos en presencia de una variedad especial de español pampeano, estamos escuchando nada menos que la variedad estándar rioplatense. Cualquier desconocedor de esta variedad observaría lo descrito en la página web acerca de las características lingüísticas del fragmento y pensaría inmediatamente que ha escuchado un tipo de habla particular. Pero ¿cuál es el habla de los gauchos?, ¿dónde ocurre esa variedad? Lo que sabemos del habla de los gauchos lo debemos sobre todo a los poetas gauchescos, que eran poetas, no gauchos. Bartolomé Hidalgo, Estanislao del Campo, Hilario Ascasubi o José Hernández, entre otros, eran personas tan cultas como lo fue nuestro hablante de San Antonio de Areco; todos eran capaces de reconstruir un tipo de habla y una forma de vida, pero casi siempre con fines artísticos, no descriptivos. Por lo tanto, referirnos a un “habla gauchesca” como algo vivo puede ser a todas luces una inexactitud. Podemos hablar de ciertas particularidades fonéticas regionales, de un vocabulario propio del ámbito rural en el mayor de los casos, pero no al habla de un determinado tipo de habitante llamado “gaucho”. Porque al fin y al cabo, si nos regimos por la descripción del “gaucho neto” que hiciera Lucio Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles, entonces podemos asegurar sin temor a equivocarnos que ese gaucho no existe, que esa figura ha sido más una idea, una expectativa, un “querer ser” -como dice don Güiraldes-, que una realidad. Seguramente existió en Martín Fierro, en Juan Moreira, tímidamente en Sombra, en algún cuento de Borges y alguna página de Adán Buenosayres, pero seguiríamos hablando de literatura...

Como vemos, a veces no alcanzan las buenas intenciones, porque al fin y al cabo también yo podría vestirme de gaucho y acaso pasaría como tal. Lamentablemente, lo único que delata ese fragmento es que no ha existido un mínimo de reflexión en torno a él, que alguien ha visto un hombre vestido de gaucho y pensó que sería suficiente para escuchar, si no a un gaucho, al menos el habla rural. Y esto sí que es triste, porque la riqueza del gaucho es inmensa como la tierra que pisa; es humilde, silenciosa, íntima, y siempre empieza donde termina su imagen.



19 de marzo de 2009

Apuntes sobre la función del maestro

Sócrates: "...mucho más excelente es ocuparse con seriedad de esas cosas, cuando alguien, haciendo uso de la dialéctica y buscando un alma adecuada, planta y siembra palabras con fundamento... que no son estériles, sino portadoras de simientes de las que surgen otras palabras que, con otros caracteres, son canales por donde se transmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre." Platón, Fedro, 277a

La Escuela debe dar con rigor sus contenidos, pero antes debe suscitar en el alumno un conflicto tal que lo someta a una búsqueda, a un anhelo, a un descubrimiento. Eso es posible mediante el trabajo incesante del maestro sobre ese objetivo. No se trata de ir en pos del alumno para mostrarle por qué es imprescindible conocer determinados conceptos o historias; debe ser el alumno quien se acerque al maestro para interrogarlo sobre ellos. Pero esto sólo puede lograrse cuando el maestro ha adquirido previamente los conocimientos que lo hagan apto para su tarea. Sin una carga intelectual idónea, sin los contenidos teóricos ya sistematizados ni la certeza acerca de qué inquietudes suscitar en el alumno, el objetivo está destinado al fracaso. Ningún maestro podrá aplicarse a la tarea de enseñar -en el sentido de "mostrar" y no de "adoctrinar"- y generar en sus alumnos cualquier mínimo interés, si aún no posee él mismo sus conocimientos ordenados y básicamente completos. La consecuencia es una dinámica invisible pero real, que late, respira y se expande con una vitalidad asombrosa. De pronto, el alumno siente que ese maestro está cautivado por sus propios conocimientos, que va en busca de ellos porque son los hacedores de una felicidad tangible que desborda en cada clase. El alumno quiere alcanzar esa misma alegría, la idéntica pasión de quien está frente a él, quiere emularlo, quiere “saber”. Se ha dado cuenta ese alumno de que hay algo viviente bajo la máscara de su maestro, que tras su academicismo vive un profundo e inefable sentimiento. Y hay un único sentimiento en el mundo capaz de tender un puente sólido entre los alumnos y el conocimiento: el amor. Igual que el viejo Sócrates, el libro puede tener una apariencia exterior grotescamente fea, pero sólo quien se anima a ver más allá de la superficie podrá encontrar una belleza esencial más hermosa que todos los cuerpos. Para descubrir la belleza interior de Sócrates fue necesario un amor ideal; para transmitir conocimientos hará falta un rotundo amor al saber. Platón cuenta que fue Alcibíades quien descubrió, con su amor ideal, la grandeza de Sócrates. Para la educación, el maestro debe ser como ese Alcibíades que descubrirá al alumno la cara hermosa del conocimiento. Cuando esto sucede -porque realmente sucede- entonces se ha llegado a la mitad del camino. Aún depara la mayor de las satisfacciones: la experiencia personal de cada alumno frente al saber, que devuelve al maestro a un nuevo aprendizaje colmado de extraordinarias sorpresas.



20 de febrero de 2009

Dos minutos, cincuenta segundos

La imagen de una mujer con las manos sobre su vientre, mimando una esperanza; la pureza de un cielo ardido, la verde tibieza de un prado; niños, gente olvidada de problemas, el agua que gira y juega... Y sin embargo todo parece a punto de derrumbarse, de ceder al más terrible sino, a la más implacable de las premoniciones, al color blanco del vacío, al color negro de la nada. La música es capaz de filtrarse donde las palabras son impotentes, he allí su grandeza. En dos minutos, cincuenta segundos, queda explicada una clase de patetismo que soy incapaz de transmitir con palabras. ¿Cómo me siento? Sólo puedo responderlo repitiendo esta música hasta el espanto.

Escena: Irreversible de Gaspar Noé.

Música: Beethoven, Séptima sinfonía, 2º movimiento, "Allegretto". Para escuchar y ver el movimiento entero dirigido por Herbert von Karajan, pinchar aquí.



2 de febrero de 2009

Ápices Digital (panegírico de un Maestro)

"Ingratus est qui beneficium accepisse se negat, ingratus qui dissimulat, ingratus qui non reddit, ingratissimus omnium qui oblitus est." (*)
Seneca, De Beneficiis, 3, 1

Para hablar del Dr. Raúl Lavalle necesitaría añadir aquí una nueva sección, lo cual tampoco me garantizaría que los lectores alcanzaran a conocerlo, puesto que este hombre siempre será más vasto que las palabras que elija para explicarlo.

Empezaré, entonces, por lo superficial, por lo menos importante, si es que poco importante puede ser que Raúl Lavalle sea profesor de Lenguas Clásicas en la Universidad Católica, en el Instituto de Enseñanza Superior Nº1, en el Instituto Santo Tomás de Aquino y en el Colegio Nacional de Buenos Aires; que se haya doctorado con una tesis sobre Claudiano y que su trayectoria lo haya ubicado entre los profesores de Clásicas más reconocidos de Argentina.

Es importante todo esto, por supuesto, pero no más que el resto, aquello que no es superficie, sino esencia. Porque difícilmente alguien será lo suficientemente afortunado como para toparse alguna vez con una persona tan sabia y tan humilde, de tanta erudición y tanta humanidad al mismo tiempo. Y yo fui afortunado. Raúl Lavalle me enseñó Latín; hoy es un amigo.

Como una muestra de mi eterna gratitud, tendré el honor de alojar en este blog la revista literaria Ápices Digital, uno de sus tantos emprendimientos, una de las tantas huellas de su conocimiento. Pero como también es humilde, ya lo dije, nunca rechazó que colegas o alumnos colaboraran con él. Así es que a partir de hoy contaremos con esta magnífica aportación de su equipo, una revista sobre temas literarios tratados con seriedad y un alto nivel académico. Su coordinador y editor: mi amigo y por siempre maestro Raúl Lavalle.




(*) "Ingrato es el que habiendo recibido un beneficio lo niega; ingrato, el que no lo devuelve, y más ingrato que nadie, el que lo olvida." Séneca, Sobre los beneficios, 3,1

28 de enero de 2009

Postal quijotesca

"Advierte, Sancho, que hay dos maneras de hermosura: una del alma y otra del cuerpo..." (II, LVIII)

Está en Buenos Aires, en la confluencia de la Avenida 9 de julio y Avenida de Mayo (círculo rojo), y fue obra del escultor andaluz Aurelio Tena.

Ahora que lo veo en esta postal, acaso parece debatirse ante un nuevo encantamiento. Rocinante no es ajeno al peligro y lo mira fijamente, pero él... él tiene la espada en alto y quiere liberarse del hechizo. Piensa en ella, en su alta dama, en esa otra fantasía llamada Dulcinea del Toboso:

"¡Oh, señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo." (I, III)


Las ciudades suelen procurar entre sus calles esta clase de mezclas inauditas y fascinantes.


21 de noviembre de 2008

Nocturno



Las paredes transpiran prediciendo la ola
y mis dedos tocan la humedad, oliendo su llegada
inclemente, su promesa de náuseas.
Las ventanas delatan el aullido de la ola,
y la veo gris como la melancolía y cercana
como la muerte,
veloz y cercana como la muerte.

Una lágrima refleja las crestas de la ola
y el miedo tiene una cadencia de adagio-
presto- adagio, de sonata enloquecida.
La noche murmura un sonar de ola
y la soledad muerde mis latidos:
la soledad es esa ola
de vómito
y olvido.





17 de noviembre de 2008

Postal rubeniana

“Me he venido a un rincón pequeño, solitario, sin más camino que ásperas rocas, ni más automóviles que los cangrejos, ante el caprichoso Cantábrico". Rubén Darío

El poeta viajero... así podría considerarse a Rubén Darío, cuyo cargo diplomático le permitió conocer Chile, Argentina, Inglaterra, Estados Unidos, Francia y tantos países más. Pero entre todos ellos, España fue siempre un destino especial para él, y él mismo fue especial para España. Más allá de las actuales discusiones acerca de si el Modernismo español ha sido obra de Rubén Darío o ya existía previamente a su llegada, lo cierto es que la poesía modernista hispanoamericana no habría sido la misma sin su avasallante influencia.

Entre 1904 y 1908 Darío viajó hasta Asturias, pero no para realizar ninguna labor diplomática, sino para descansar. El destino que eligió se encuentra a unos 50 km. de Oviedo, a pocos minutos de la inmensa Autopista Cantábrica, a orillas del Río Nalón. Poco antes de su desembocadura, hay dos pueblos: San Esteban de Pravia y La Arena. Allí permaneció el poeta tres temporadas, disfrutando del sosiego y del mar. Y entre sus paseos, hay uno que le gustaba especialmente. Cerca de Somado sale un sendero que sube hasta un monte, Monteagudo (círculo rojo).

Dicen que el poeta subía hasta esta cumbre, borracho, y sabía declamar versos oscuros con la mirada puesta en la desembocadura del Nalón. Verdad o leyenda, lo cierto es que el gran poeta estuvo allí, contemplando el río, el mar, sus pueblos, los prados interminables. Parte de esa maravilla que contempló Darío -una muy pequeña parte- podrán verla en esta postal que hoy he querido enviarles.


Y les dije a las brisas: "Soplad, soplad más fuerte:

soplad hacia las costas de la isla de la Vida."

Y en la playa quedaba desolada y perdida

una ilusión que aullaba como un perro a la Muerte.


("Marina", de Prosas profanas)


24 de octubre de 2008

Apolo y Dionisos o nuestras dos realidades

Fue Nietzsche quien más artísticamente habló sobre la naturaleza de estos dos dioses. Lo hizo cuando sólo contaba 27 años y se perfilaba como uno de los futuros talentos de la filología clásica. Cuando vio la luz su libro El nacimiento de la tragedia, todos quedaron perplejos, pues el joven Nietzsche no sólo acababa de declarar la guerra a toda la filología, sino también a sus maestros, y sobre todo a Wagner. Porque no había filología en su libro, había arte; ni siquiera había un filósofo, había sobre todo un escritor que supo entender la tragedia griega como nadie lo había hecho hasta entonces.

No es lugar este para ensayar un análisis del libro. Sólo diré que para Nietzsche la tragedia griega es el resultado de una pulsión entre dos divinidades: Apolo y Dionisos, entre dos fuerzas que el pueblo griego ha equilibrado de manera artística en un género inmortal. Esto es cierto, pero no es todo: El nacimiento de la tragedia es un libro que indaga en la naturaleza del hombre, pues preguntándose por la tragedia, Nietzsche ha buscado respuestas al problema del existir, y lo ha hecho reflexionando sobre estos paradigmas divinos:

Apolo es el representante del equilibrio, de la forma armoniosa y bella, del control, la serenidad y la mesura. Es el oráculo, el que ve más allá, la certeza, la verdad. Es el que crea los contornos y los define, el que construye, concentra y da unidad. Su luz –Apolo es el Sol- irradia el camino hacia el conocimiento de uno mismo, evita que el hombre se fragmente y lo llena de lucidez, de intelecto, de comprensión, de ciencia, de sobriedad. Apolo es el triunfo de la razón sobre los instintos, de la mente sobre la locura. Desde el punto de vista fisiológico, Apolo representa el sueño, pues sólo en ese mundo imaginario es posible encontrar la verdad bajo una bella apariencia.

Dionisos (o Dioniso) representa el caos, el ocaso de la forma en múltiples fragmentos, el descontrol, la desmesura. De niño fue despedazado en jirones y vuelto a armar, con que la disgregación de toda unidad forma parte de su naturaleza. Desde entonces, ha viajado por el mundo sembrando la locura y descuartizando cuerpos en ritos orgiásticos. En su reino sólo hay lugar para el instinto, la fuerza sexual, extática, natural e incomprensible. Ha sido niño y niña, también carnero, toro, león y pantera, porque Dionisos es el triunfo de la pluralidad en uno mismo, de la alienación. Fisiológicamente, Dionisos es la embriaguez, porque sólo en ese estado es genuina la fragmentación de la persona.

El Hombre, cada uno de nosotros, convive con la influencia de estas divinidades. Día a día Apolo y Dionisos nos hablan, nos incitan, nos invitan a sus mundos opuestos, nos seducen con sus placeres, invocan nuestra fidelidad. La sabiduría del pueblo griego consistió en armonizar esas dos influencias; ellos supieron que favorecer a un dios en detrimento del otro es imposible, porque ninguno sabría existir sin la inquietante proximidad del otro.




Imágenes: Apolo, Pan y Marsias de Johann Carl Loth (fragmento) / Baco enfermo de Michelangelo Merisi da Caravaggio (fragmento)

19 de octubre de 2008

Postal kafkiana

                                            Para Fer, cuyas nueve "kafkianas" han sido nueve manjares.

Dejando atrás la Ciudad Vieja de Praga, hay que cruzar el Moldava por el Puente Carlos hacia Malá Strana. Una vez en la otra orilla, hacia la derecha, las calles nos guiarán al Museo Franz Kafka (círculo rojo).
Dentro, y entre todo lo interesante que el visitante encontrará, destaca una maqueta que no deja indiferente a ningún lector de Kafka. Ni bien la vemos, ya sabemos de qué se trata, aunque nunca antes hayamos visto nada igual. Tan bien lo ha narrado Kafka, que la escena es reconocible a simple vista. Se trata de la réplica de la máquina de tortura y ejecución que Kafka imaginó en su relato “En la colonia penitenciaria” (In der Strafkolonie).

El relato se publicó en 1919, pero ya en 1916 Kafka lo había leído en público. Las descripciones sobre el funcionamiento de la máquina y el proceso de tortura y muerte del condenado es de lo más escalofriante que ha dado la literatura kafkiana, y cuentan que durante la lectura hubo desmayos entre los oyentes. He aquí un ejemplo:

“La rastra empieza a escribir; cuando termina el primer esbozo de la inscripción sobre la espalda del hombre, la capa de guata rueda y hace girar lentamente el cuerpo hacia un lado para ofrecer más espacio a la rastra. Entretanto, las zonas ya heridas por la escritura entran en contacto con la guata, que gracias a su preparación especial detiene al punto la hemorragia y prepara la piel para una nueva incisión más profunda. Luego, mientras el cuerpo sigue girando, las púas que hay al borde de la rastra arrancan el algodón de las heridas, lo arrojan a la fosa, y la rastra puede seguir trabajando. De este modo sigue escribiendo a una profundidad mayor durante las doce horas.”

Dejo a quienes no leyeron el texto descubrir qué es lo que la máquina escribe sobre el cuerpo del condenado.

Seguramente cualquiera consideraría de mal gusto recibir una postal de este talante, pues está claro que no es una postal convencional. Y en verdad no veo por qué debería serlo; al fin y al cabo tampoco Kafka fue un escritor convencional, ni yo me considero hoy un remitente convencional, ni ustedes son para mí, queridos amigos, destinatarios convencionales.






2 de octubre de 2008

El hombre y el gato (fábula)

Todavía se estaba restañando la sangre que le había dejado su mordida inesperada, cuando el hombre preguntó al gato:
-¿Por qué me has mordido?
Y el gato respondió:
-Porque me has acariciado.
Lo había acariciado, cierto es, con suavidad y con algo de indiferencia al principio, porque así es como ellos se sienten seguros, pensó el hombre. Y siguió acariciándolo, ganando poco a poco la distancia que todavía lo separaba de él, hasta que el gato se echó boca arriba con una lentitud majestuosa y, con los ojos entrecerrados, le regaló su más exquisito ronroneo. El hombre se perdió en el tacto de su pelo y en la vibración musical de su cuello, se olvidó del gato y de él mismo durante unos segundos de ensueño, hasta que lo despertó la punzada caliente de unos colmillos.
-Me muerdes porque te he acariciado…, no entiendo tu lógica, gato.
Y el gato dijo:
-Disfruto tus caricias, pero el único que alguna vez me acarició como tú, luego me apaleó. No ha sido tu culpa, es que tenía que morderte.
Y tras decir esto, el gato volvió a echarse boca arriba, a la espera de otras caricias que recibió y esta vez aceptó con inmensa gratitud.





26 de septiembre de 2008

Postal cortazariana


“Después seguí por el Quai de Bourbon hasta llegar a la punta de la isla, donde la íntima placita (intima por pequeña y no por recatada, pues da todo el pecho al río y al cielo) me gusta y me regusta.”

Así habla el protagonista de “Las babas del diablo”, uno de los cuentos fantásticos de Cortázar más escalofriantes. La isla que menciona es la Île Saint-Louis, que se encuentra frente a otra isla más famosa –Île de la Cité- por ser la que ampara la Catedral de Notre Dame. El Quai de Bourbon es la calle costera norte de la isla y termina en la placita que mira directamente a la Catedral.

Allí, en esa placita (círculo en rojo) se desarrollan las escenas que narra el protagonista, esas que captará con su máquina de fotos y con las que volverá a su estudio para descubrir otra realidad que la que muestran las imágenes, otra más triste y más cruda.

París está llena (lo digo en femenino porque Cortázar decía que París era una mujer) de postales literarias, porque durante mucho tiempo fue la ciudad soñada de los escritores, que se dirigían a ella como siguiendo una procesión délfica. Para los amantes de Cortázar, una postal de esta isla, de esta placita, puede ser una humilde pero sincera manera de rendirle tributo.





7 de septiembre de 2008

Mea culpa



Un paisaje olvidado de azules melodías,
inconstante viajero de otoños inciertos,
un río rumoroso de antiguas melancolías,
bostezo unánime, los vanos ojos abiertos...
tal soy:
                   vacío de luz, lamento despierto,
mascarada risueña o mueca de horror ambigua,
cielo henchido de ayer, deseos faltos de hoy...
así arrastro mis turbios manantiales y voy
como una huella cansada,
                                                             borrosa y discontinua.




20 de agosto de 2008

Génesis y denuncia


Yo, Diego Ribeira, vivo en un pequeño pueblo costero de Asturias, donde, como en todos los pueblos pequeños, todos conocen a todos, los paisanos siguen con mirada lenta e indiscreta a los recién llegados, y donde siempre se debe criticar a alguien, con razón o sin ella, da igual. En este pueblo también vive un hombre solo, de mediana edad, que todas las mañanas sale de su casa para ir a ocupar su puesto de funcionario. Es muy obeso, calvo, lleva gafas y un pequeño maletín. Todos los días, pues, baja la pendiente desde su casa, y luego, al subir, da lástima su balanceo pingüinesco, el sudor de la frente y como un resuello sibilante. Entra a su casa y ya no sale hasta el día siguiente.

Así fue siempre, o por lo menos desde que yo lo vi por primera vez, y así lo conoció cada uno de los que viven en este pueblo desde mucho antes de que yo lo conociera. La rutina de este hombre acabó, sin embargo, una madrugada fría, hace ya más de dos años, cuando la Policía entró en su casa y se lo llevó detenido. No fue el único, claro, porque se trató de un operativo en toda España contra la pedofilia y la pederastia, en el que cayó gente de los más diversos confines de la península. Así, todos supieron -porque en un pueblo pequeño siempre todos saben- que al hombre le había sido confiscado su ordenador con cientos de archivos de pornografía infantil. Tal fue la cantidad de material que durante años viajó desde alguna parte hasta su ordenador, y desde su ordenador hasta alguna parte, que fue interceptado por los investigadores como un usuario peligroso.

Y así fue que desapareció del pueblo durante un tiempo, dando lugar a un inmediato silencio y a un incomprensible olvido. Varios meses estuvo a disposición judicial, hasta que finalmente lo liberaron a la espera de un juicio. El hombre, pues, volvió al pueblo, a su casa, a la pendiente hacia abajo por la mañana, a su horario de funcionario, y a la pendiente hacia arriba por la tarde. Acaso también volvió a su ordenador. Cuando pregunté a alguien del pueblo por qué la gente seguía tratándolo como siempre, me contestó que porque aún no lo creían del todo. Y entonces este hombre -si aún es lícito llamarlo así- sigue haciendo su vida normal, a más de dos años de ser arrestado, y sigue paseando por las calles llenas de niños, sigue hablando con los padres de esos niños igual que como lo hizo siempre, y mientras tanto el pueblo sigue también con su vida normal, todos criticando a todos y mirando con desconfianza a los forasteros.

Por cierto, el hombre vive enfrente de mi casa. Me ha tocado la condena de verlo casi todos los días, de tener que comerme las ganas de matarlo por temor a que la justicia no sea tan lenta conmigo como lo es con él. Para desahogarme, intenté convertirlo en símbolos, y en la génesis del relato "Abrir los cajones" están, en efecto, algunas de las visiones fugaces que pudieron suceder esa noche en que la policía irrumpió en su casa. El resto, lo accesorio, lo menos importante, es pura invención impotente y vana.



12 de agosto de 2008

Todo pasa


Me dices, amiga, que están quemando
aún las lágrimas de tu vigilia,
que la mañana azul no reconcilia
el grito de los recuerdos pasando.
Dices que el alma es un templo nefando
de vanos placeres que el tiempo auxilia,
que sus ojos son el agua que alivia
el latido de la herida sangrando.
Pero la marcha implacable, amiga,
de las horas harán borronearse
la impronta ausente de una huella lozana;
ya volverán tus noches de fatiga
y al fin su rostro verás apagarse
como se apaga una nube lejana.




5 de julio de 2008

SONETO

Es la agonía de velas pasadas,
la alada sombra del último y el mismo
pájaro insomne, que es risa y es abismo
de recuerdos, de tus horas cansadas.

Son latidos de lunas ahogadas
por las cavernas de los silogismos,
que hieren y queman como el mecanismo
del vacío, de tus diosas postradas.

Y entre tinieblas no ves el plural
anuncio, el acero de los ríos
ni el aura de las carnes como fueran;

no puedes ver el sórdido animal,
el caminar certero de los fríos
ojos sin tiempo que miran y esperan.