Yo, Diego Ribeira, vivo en un pequeño pueblo costero de Asturias, donde, como en todos los pueblos pequeños, todos conocen a todos, los paisanos siguen con mirada lenta e indiscreta a los recién llegados, y donde siempre se debe criticar a alguien, con razón o sin ella, da igual. En este pueblo también vive un hombre solo, de mediana edad, que todas las mañanas sale de su casa para ir a ocupar su puesto de funcionario. Es muy obeso, calvo, lleva gafas y un pequeño maletín. Todos los días, pues, baja la pendiente desde su casa, y luego, al subir, da lástima su balanceo pingüinesco, el sudor de la frente y como un resuello sibilante. Entra a su casa y ya no sale hasta el día siguiente.
Así fue siempre, o por lo menos desde que yo lo vi por primera vez, y así lo conoció cada uno de los que viven en este pueblo desde mucho antes de que yo lo conociera. La rutina de este hombre acabó, sin embargo, una madrugada fría, hace ya más de dos años, cuando la Policía entró en su casa y se lo llevó detenido. No fue el único, claro, porque se trató de un operativo en toda España contra la pedofilia y la pederastia, en el que cayó gente de los más diversos confines de la península. Así, todos supieron -porque en un pueblo pequeño siempre todos saben- que al hombre le había sido confiscado su ordenador con cientos de archivos de pornografía infantil. Tal fue la cantidad de material que durante años viajó desde alguna parte hasta su ordenador, y desde su ordenador hasta alguna parte, que fue interceptado por los investigadores como un usuario peligroso.
Y así fue que desapareció del pueblo durante un tiempo, dando lugar a un inmediato silencio y a un incomprensible olvido. Varios meses estuvo a disposición judicial, hasta que finalmente lo liberaron a la espera de un juicio. El hombre, pues, volvió al pueblo, a su casa, a la pendiente hacia abajo por la mañana, a su horario de funcionario, y a la pendiente hacia arriba por la tarde. Acaso también volvió a su ordenador. Cuando pregunté a alguien del pueblo por qué la gente seguía tratándolo como siempre, me contestó que porque aún no lo creían del todo. Y entonces este hombre -si aún es lícito llamarlo así- sigue haciendo su vida normal, a más de dos años de ser arrestado, y sigue paseando por las calles llenas de niños, sigue hablando con los padres de esos niños igual que como lo hizo siempre, y mientras tanto el pueblo sigue también con su vida normal, todos criticando a todos y mirando con desconfianza a los forasteros.
Por cierto, el hombre vive enfrente de mi casa. Me ha tocado la condena de verlo casi todos los días, de tener que comerme las ganas de matarlo por temor a que la justicia no sea tan lenta conmigo como lo es con él. Para desahogarme, intenté convertirlo en símbolos, y en la génesis del relato "Abrir los cajones" están, en efecto, algunas de las visiones fugaces que pudieron suceder esa noche en que la policía irrumpió en su casa. El resto, lo accesorio, lo menos importante, es pura invención impotente y vana.